RINCONES

¿¿Quién vieneee?? preguntaba la Tía Upe, cada vez que oía abrir la puerta de su casa, ubicada en uno de esos rincones de la Vera donde el tiempo parece que se ha detenido, algunos ahora llamados conjuntos histórico-artísticos, entramado de angostas callejuelas en el que el silencio permite escuchar el rumor de una fuente cercana y las campanas de la iglesia dando las horas.

Solía tener las sillas colocadas a la puerta, bajo un dintel de piedra con la inscripción “AVE MARIA” y rodeadas de macetas de anchas hojas verdes que discurrían a lo largo de la fachada. “Veleaile como has crecido” me decía cada vez que me veía hasta bien entrado en los 30, yo pasaba a la casa, en la planta de abajo, antes destinada al ganado, sobre todo en invierno para que diera calor a sus habitantes, me recibía una recia construcción en mampostería de piedra vista con dinteles y marcos de granito en puerta y ventana, las paredes cubiertas de retratos antiguos… subía por la estrecha escalera de madera, los peldaños crujían quejumbrosos, me fijaba en las traviesas de madera incrustadas en las paredes de adobe, en las gruesas vigas de castaño de los artesonados, los coloridos suelos de mosaico hidráulico y al llegar a la planta superior, aún olía a secadero de pimientos y matanza, con la marca de fuego en las losas de barro, bajo un techado de teja árabe. Me encantaba asomarme a la solana, el balcón de madera típico de la zona, desde el que se dominaba la plazuela y las calles aledañas en las que el agua corría por los albañales.

“Remigio avíate que nos vamos a la picota”, le decía a mi tío y juntos paseaban hasta la plaza donde se juntaban con otros vecinos-familiares para charlar de la vida y lo acontecido en el día… y así pasaban felices los días en la comarca…

Karl Hirte

Novelista alemán, viajero incansable, pastor vocacional y enamorado de la Vera y sus senderos

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